Soy un adicto a la ultra violencia, a la lucha noble que enfrenta a un tipo contra otro por el simple placer de sobrevivir. No hay nada comparado a sentir el impacto del puño del rival sobre tu mandíbula y, al levantarte del suelo, fregar con la mano tu jodida sangre. Experimento la misma sinestesia que en el réquiem de Mozart en re menor.
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